El 16 de septiembre de 1897, un poco después de las 10 am y durante las celebraciones de la Independencia de México, el presidente Porfirio Díaz sufrió un atentado mientras desfilaba por la Alameda: fue atacado por un “borrachín” de nombre Arnulfo Arroyo que de inmediato fue detenido y, ante la demanda de muerte que clamaba la multitud, el mismo Díaz dio ordenó que lo llevaran a un lugar seguro y sin hacerle ningún daño. Sin embargo, misteriosamente, Arroyo fue asesinado en la cárcel de Belem y el caso se volvió un escándalo público, pues en el “linchamiento” de Arroyo estaban implicados dos mandos prominentes de la policía capitalina: Miguel Cabrera y Antonio Villavicencio.

Este es sólo alguno de los pasajes que se pueden encontrar en el libro El caso Villavicencio. Violencia y poder en el Porfiriato de Jacinto Barrera Bassols y editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en la Serie Enlace, de la Colección Historia.

Antonio Villavicencio nació en Veracruz en 1861. Creció entre los torcedores de tabaco y los salones de baile de aquel puerto y emigró a la Ciudad de México para cumplir un sueño: ser cantante de opereta en los teatros de la capital. Pero ante una carrera sin futuro no dudó en cambiar los tablados por un modesto puesto en la policía capitalina, que fue donde se hizo famoso al verse involucrado en el ya mencionado caso Arroyo, provocando que Villavicencio ingresara a la Cárcel de Belén, en 1897, en calidad de condenado a muerte. Sin embargo cinco años después salió de la misma para integrarse nuevamente a los aparatos policíacos citadinos.

A partir de la reconstrucción de la trayectoria de este oscuro personaje, que se convirtió en el más conspicuo de los esbirros del régimen porfirista, que gustaba de publicitarse bajo el lema de "Orden y Progreso", el historiador Jacinto Barrera Bassols nos lleva a recorrer los sótanos de la sociedad porfiriana, donde se entrelazan violencia y política, y asistir así a los orígenes de una de las claves del Estado mexicano moderno: la violencia ejercida en contra de la sociedad por el más avasallador de sus poderes: el ejecutivo, a través del uso discrecional de los aparatos policíacos.

Barrera Bassol describe, entre otros oscuros temas, un cuerpo de policía corrupto y desacreditado, al que la sociedad se negaba a reconocerle autoridad alguna, incluso se le consideraba “como enemigo” al que se le agredía e insultaba. “Los aspirantes a gendarme tenían que dar una fianza por el arma y la vestimenta que se les asignaba, y en cuanto podían desertaban a causa de los malos salarios, de las cuotas que debían entregar a sus superiores, y de las exacciones –so pretexto de aportaciones para el Banco de la Policía, El Hospital para el Policía, el órgano de la Policía, etcétera-; sumas que provenían del bolsillo de quienes caían en sus manos, del reparto de los objetos robados recuperados y otras formas de extorsión”.

Villavicencio, aunque personaje central de esta Historia, es sólo el pretexto para dar cuenta de la injusticia social, la represión, la corrupción y el abuso del poder, que se vivía antes, durante y después de la Revolución, ya que el libro abarca desde los años en que Villavicencio se integró al cuerpo de policía (1892) hasta el “indefinido día de la década de los veinte en que murió”, momento en el que todo seguía igual, ya que a pesar de ciertas modificaciones en las “oligarquías regionales que detentaban y articulaban poderes territoriales, mercantiles, financieros y políticos” las practicas de corrupción dentro del cuerpo de policía al que perteneció Villavicencio “no se vieron modificadas por la irrupción revolucionaria”.

Así, la historia del hombre que nació entre torcedores de tabaco, creció entre salones de baile en el Puerto de Veracruz y quiso ser cantante de opereta en la Ciudad de México, pero acabó siendo uno de los principales representantes de la represión policial, se convierte en un interesante referente de lo que era “la vida subterránea” de la sociedad porfiriana donde se entrelazan violencia, política y poder.